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Ana y el casero de la casa quinta

Ana y el casero de la casa quinta

Apenas unos meses después de casarnos llegó el verano y no teníamos demasiado dinero para vacacionar en la playa; así que decidimos alquilar por unos pocos días una quinta en las afueras.

Al llegar al lugar nos encontramos con una desagradable sorpresa: maleza por todos los rincones, paredes despintadas, habitaciones con humedad y la pileta sucia y vacía.

Increpé al casero de malas maneras, pero era un tipo de ojos duros y no pareció intimidarse para nada. Se llamaba Pedro; me miró de manera displicente diciendo:
“No hubo tiempo de hacer los últimos arreglos. Pero terminaremos esta misma noche”

Me hablaba a mí, pero su mirada estaba dirigida a Anita; se la comía con los ojos…

Pero mi esposa miraba hacia el fondo, donde había dos hombres jóvenes cortando maleza alta. Estaban en cueros, sus cuerpos transpirando al sol…

“Usted se va a encargar de reacondicionar la pileta?. Insistí con cara de enojo.
“Le informaron mal, mi amigo, este año no hay pileta; la bomba está rota” Respondió.

Amenacé con suspender todo e irnos de allí, pero entonces Pedro dijo que la pileta podía llenarse con una bomba manual. Pero debía hacerlo yo mismo, ya que la casa se había alquilado sin pileta, lo cual era una mentira absoluta…

Iba a abrir la boca para protestar y seguir discutiendo, pero Ana intervino y me pudo convencer de quedarnos; al menos por una noche, para ver si algo mejoraba después.

Giró para mirar al casero y los dos hombres en cueros. Las curvas perfectas se le dibujaban bajo el jean apretado y no pude evitar imaginármela en la cama boca abajo con un almohadón bajo su estómago, toda su firme y redonda cola a mi merced…

El casero regresó con los dos hombres, a quienes presentó como el Burro y el Indio…

Eran dos tipos jóvenes, musculosos, de mirada torva, que devoraron a mi esposa con los ojos… aunque me pareció ver que Anita también hacía lo mismo.
Fue cuando seguí su mirada que me detuve en el tremendo bulto que portaba el Burro dentro de sus pantalones. Ahora podía entender el significado de su apodo…

“Cuando Usted quiera, puede empezar a bombear” Dijo Pedro sin quitar la vista del trasero de Anita.
A esta altura yo había juntado tanta bronca que finalmente lo obedecí sin cambiarme de ropa. Vi que Pedro tomaba a mi esposa de la cintura al tiempo que le decía:
“Venga que le muestro el interior de la casa, señora” Mientras se alejaban de allí.

Yo me acerqué a la bomba de agua, conecté una manguera y comencé a bombear dentro de la pileta.
Mientras el Indio y el Burro retomaban el trabajo de desmalezado, vi a Anita y Pedro entrar a la casa.

Unos minutos después reapareció el hombre solo y se dirigió hacia nuestro auto, de donde retiró una de las valijas de Anita. Lo intercepté para preguntarle qué pasaba, pero respondió que mi esposa quería cambiarse para estar más cómoda…

Me ordenó que siguiera trabajando con la bomba y regresó al interior de la casa.

Media hora después reapareció Anita. Se había puesto una de sus bikinis más diminutas y ahora se paseaba por el parque casi desnuda, ya que la tanguita amarilla se le enterraba en la cola y sus hermosas tetas luchaban por salirse del corpiño.
Le advertí que estaba casi en bolas frente a varios desconocidos, pero respondió que estaba usando su bikini favorita, la misma que siempre usaba en el mar o el club.

Comenzó a caminar hacia los dos hombres que seguían trabajando más lejos.
Seguí bombeando, mientras el calor y la sed me estaban matando. Apareció el casero, quien me dijo en tono burlón que estaba haciendo el trabajo muy bien.

Se quedó mirando el movimiento de las caderas de mi esposa al alejarse.
“Tiene una flor de hembra… Lo felicito. Dan ganas de bombear y bombear…”

Iba a responderle cualquier cosa, cuando Anita regresó, caminando de manera muy insinuante, balanceando sus caderas de un lado a otro, más sensual que nunca.
Sonrió al ver que la pileta iba llenándose y se acostó en una reposera a tomar sol.
Un rato después se puso boca abajo y llamó a Pedro para que le untara bronceador por la espalda.
“Mi amor, estoy aquí, yo te puedo pasar” Le reclamé algo furioso.
“No quiero que pierdas tiempo. Parece que el bombeo va muy bien…” Respondió.

El casero ya se estaba embadurnando las manos con crema y ella comenzó a ronronear como una gata cuando las duras manos del tipo acariciaron su espalda. El muy hijo de puta disfrutaba de cada centímetro de piel que manoseaba. Y disfrutaba todavía más, sabiendo que yo estaba apenas a unos metros.
Finalmente se detuvo en la cola. Se llenó las manos de esa perfecta y firme redondez de Anita y se dedicó a masajearla muy despacio, palpándola y deleitándose.
Comenzó a aplicarle crema sobre la raya y ella hizo un movimiento y se enterró la bikini muchísimo más adentro, de forma ya desvergonzada. Entonces Pedro aprovechó para enterrarle la puntita de uno de sus dedos por debajo de la tela.

Comencé a bombear la palanca, mientras el tipo me miraba desafiante. Cada vez que yo bajaba la palanca, el turro le metía un dedo a fondo entre los labios vaginales de Anita. Cuando yo subía la palanca, entonces Pedro sacaba el dedo…

Una y otra vez, me miraba de manera desafiante con cada leve penetración.
Anita parecía hacerse la desentendida, como si lo que ocurría fuera normal.
Estuvieron así un buen rato y me di cuenta que Ana se estaba excitando, comenzando a gemir muy suavemente con los ojos cerrados. Por suerte el jueguito terminó rápido.

A media mañana yo estaba tan cansado y sediento que arranqué la manguera de la bomba y me bañé con el agua helada. Luego me tiré a descansar a la sombra.
Cuando me despabilé busqué a Anita, pero ella ya no estaba en la reposera.
El casero tampoco estaba a la vista. El Burro y el Indio ahora estaban rasqueteando una pared de la casa, cerca de la puerta de entrada. Presentí que algo andaba mal…

Me dirigí hacia la casa. El Burro me salió al paso: “No puede entrar!” Me dijo.
Lo empujé a un lado y entré, dirigiéndome al dormitorio principal.
La puerta estaba cerrada y algunos gemidos de mujer eran audibles y rítmicos.
La que gemía sin duda era Anita… y la estaban cogiendo…
El Burro me había seguido y ahora f***ejeaba conmigo para que saliera de allí.
En un momento los sonidos de la cogida dejaron de oírse y la puerta se abrió apenas unos centímetros. Pedro se asomó, parecía estar desnudo.

“Qué pasa aquí, qué quiere?” Me espetó directo a mi cara con bronca.
“Quiero saber dónde está mi esposa, déjeme entrar” Grité, empujando la puerta; pero Pedro la tenía trabada con su pie.

“Aquí no se puede entrar. Esto es un asunto privado, váyase”
Insistí empujando, pero el tipo entonces trabó la puerta con una silla desde adentro.
Entonces hizo algo peor todavía: “A ver, putita, vamos a seguir con lo nuestro” Dijo.

Hizo levantar a la mujer de la cama y la atrajo hacia él, apoyándola contra la puerta que yo trataba de abrir desesperadamente. Allí continuó cogiéndola, tomándola desde atrás, mientras las manos de la mujer se apoyaban contra la puerta entreabierta.

Me asomé por el estrecho espacio que quedaba abierto. Apenas podía ver que la mujer era de cabellos enrulados y piel bronceada. Pero entonces reconocí el anillo en uno de sus dedos. Ahora no me quedaba duda de que esa mujer era Anita.
Ella no hablaba pero seguía gimiendo y jadeando intensamente ante los embates que le daba el casero desde atrás.

Insistí empujando hasta que pude meter mi cabeza dentro de la habitación. Allí estaba Anita, sus manos apoyadas contra la pared junto a la puerta, recibiendo una tremenda cogida desde atrás. Se movía hacia atrás y adelante con movimientos repetidos, al encuentro de la verga del hijo de mil putas. Y jadeaba. Le vi el rostro por un segundo y estaba como poseída por un demonio. Empapada de transpiración, los cabellos mojados sobre sus ojos, mordiéndose los labios de puro placer…

Recibía la verga del tipo, totalmente entregada, facilitada la cogida por la apertura que el mismo hijo de puta le producía al abrirle con sus manos las nalgas, como si fueran gajos. Le sacaba la pija y se la enterraba hasta el fondo, ahora a una buena velocidad.

Le grité con toda mi bronca: “Déjela, hijo de puta; no la coja más!”
Pero el casero seguía metiéndole verga como si nada. A veces me miraba por la apertura de la puerta y se reía burlón. Y seguía bombeándola con más violencia.

De repente Anita dejó de suspirar y abrió la boca sin gritar; entonces entendí que ese hijo de puta le había arrancado un tremendo orgasmo. Había acabado sobre su verga.

Pedro se asomó y le gritó al Burro: “Te dije que no quería interrupciones; saquen a este cornudo de aquí, así me puedo coger tranquilo a esta putita!”

Siguió bombeando la concha de Anita sin parar, enfebrecido, buscando ahora su propia acabada. Los jadeos de ella habían aflojado por el orgasmo, pero volvían a crecer. Ana jadeaba y pedía más, pero en voz baja, como si tuviera vergüenza…

El Burro me arrastró hasta afuera. Volví a la pileta, a bombear como un autómata.
Para que yo no regresara a la casa, los dos hombres se quedaron cerca mío.
Mientras retomaba el bombeo, observé al Burro. Tenía un bulto groseramente enorme entre las piernas; me imaginé que él y también el Indio tal vez iban a disfrutar del cuerpo de mi esposa cuando el casero se cansara de ella. Lo peor de todo, era que yo no iba a poder impedirlo…

Anita finalmente salió de la casa una hora más tarde. Venía con el cabello mojado y estaba vestida con una corta falda blanca y una remera casi transparente, que traslucía sus redondas tetas. No llevaba corpiño y me imaginé que con el castigo que había sufrido su vagina, tampoco traería tanga bajo la falda…

Venía sonriendo, más que sonriendo, radiante, feliz. Me saludó con un beso…
Le pregunté si no tenía nada para decirme… y entonces respondió sonriendo que ahora iría a cocinar algo para el almuerzo.

El almuerzo fue una verdadera tortura para mí. Pedro había elegido sentarse a la cabecera, teniendo a Ana a su derecha, bien cerca, bien a mano. En algún momento me imaginé que le estaba metiendo una mano a mi esposa en la concha por debajo del mantel, ya que Anita comenzó a gemir suavemente…

Corrió el vino junto con la comida. Yo tomé bastante y me aflojé.
Después de los postres Pedro se me acercó, diciendo jocosamente:
“Ahora cornudo, vas a llenar la pileta mientras nosotros la llenamos a tu mujercita…”

Yo había tomado tanto vino que apenas me podía incorporar; la cabeza me daba mil vueltas: Miré a un costado y vi a Anita ligeramente inclinada con las manos apoyadas sobre la mesa. Detrás de ella el Indio le metía los dedos por debajo de la falda, haciéndola gemir de placer, mientras que por delante, el Burro le sobaba las tetas a través de la remera traslúcida…

“No se te ocurra acercarte a espiar” Advirtió por último Pedro, mientras entre los tres arrastraban a mi esposa hacia la casa.

Regresé tambaleante a la pileta, donde comencé a bombear mientras imaginaba cómo la estarían cogiendo a Anita esos tres hijos de puta.
Un rato después comencé a oír claramente las voces que provenían de la habitación.

“Más… más… más…” Jadeaba y gritaba Ana. “Cogeme así, dame… hijo de puta…”

Parecía ser el turno del Indio, porque el Burro se quejaba por tener que ser el último. Naturalmente, con la tremenda verga que cargaba, me imaginé que Ana estaría temerosa de ser cogida por semejante semental.

En un momento dejé todo y me acerqué a la ventana entreabierta a espiar el interior. Estaban ahí en la cama; Anita en cuatro patas, dándole una tremenda chupada de pija al Burro. Esa verga era realmente inconmensurable; si la cogía a Anita, seguramente iba a desgarrarla. Detrás de ella estaba el Indio, aferrándola firmemente por las caderas, mientras embestía violentamente la vagina de mi dulce esposa…
Ella estaba con los ojos cerrados, jadeando y gritando como loca cada vez que el Burro le sacaba su anaconda de la boca y le permitía recuperar el aire.

El Indio la tenía bien afirmada de atrás, clavándole los dedos en las nalgas y la verga bien hundida hasta el fondo. La sacaba y la volvía a meter a ritmo lento pero continuo. Anita ahora suspiraba de placer, especialmente cada vez que Pedro le masajeaba la abertura anal le introducía un dedo bien profundo. La estaba dilatando para lo que venía después. Por eso les había permitido a sus hombres disfrutar de Anita.

El muy hijo de puta se estaba reservando el culo de mi esposa para él solo…

De repente me vio asomado a la ventana y sonrió maliciosamente.
“Yo le voy a romper el culo a tu mujercita, cornudo…Qué te parece?”
Lo insulté a los gritos, pero caí en la cuenta que eso era inútil… Iban a cogerse a Ana de todas las maneras imaginables y ella misma no lo iba a rechazar…

El Burro sacó su verga de la boca de Ana y salió de la habitación.
Apareció junto a mí con una botella de vino medio vacía. Me dio una tremenda trompada en el estómago, que me hizo doblar y caer de rodillas. Luego se acercó, con su tremenda verga colgando como un péndulo entre sus muslos.
Puso la botella a la altura de su descomunal verga y me ordenó que chupara.
Comencé a tomar más vino del pico, que quedaba a la misma altura que la verga.

Ana desde la cama no veía la escena completa a través de la ventana y pensó que yo le estaba mamando la verga al Burro. Alucinó como loca excitándose de manera increíble. Comenzó a pedirle a Pedro que le rompiera el culo…

Pero antes de que Pedro comenzara a moverse, el Burro saltó para adentro por la ventana, gritando que por fin era su turno.
El indio estaba sentado en un sillón, exhausto, con la pija chorreando semen; el mismo semen que acababa de derramar en la concha de Anita.

Ana estaba todavía en cuatro patas. El Burro la levantó con facilidad en el aire; la ubicó sobre su cintura con las piernas abiertas y de a poco la fue clavando sobre su pija mientras ella gritaba y se agitaba por el esfuerzo que hacía para que le entrara todo ese pedazo.

“Ayyyy, qué pedazo de pija, Burro, es enorme, me duele mucho, despacio…”
Gemía Anita en la cara del Burro, que sonreía dedicado a su propio placer.

Se la enterró toda, centímetro a centímetro, dilatándola, abriéndola como a una almeja. Anita quedó abrazada al Burro, de frente a mí, sus torneadas piernas asiéndolo por la cintura. Entonces desde atrás se acercó Pedro.

“Llegó la hora de romper ese culo, nena”. Dijo, mientras se masajeaba la verga…

“No, ahora no… Con la pija del Burro adentro me van a destrozar entre los dos…”
Anita empezó a suplicar desesperada, pero sus pedidos no fueron escuchados.

“No me importan tus caprichos, putita; aquí hacemos lo que nosotros queremos”
Respondió Pedro, mientras se ubicaba detrás de ella, rozando con la cabeza de su verga la delicada entrada anal de Anita.

Pude ver que ella trataba de debatirse y llevar su cuerpo hacia adelante, para evitar la embestida del casero. Pero su cuerpo estaba atrapado por el Burro, que ahora la sujetaba con firmeza para que ella no pudiera escaparse.

Ana hizo un último esfuerzo para zafar cuando sintió que la cabeza de la verga de Pedro estaba “puerteándole” el ano; pero entonces el hijo de puta la tomó por la cintura y apuntó mejor su pija. Mi dulce esposa dejó de luchar… estaba vencida.

“Quieta, putita… No te resistas que va a ser peor…” Le dijo el Burro, mientras trataba de comerle los labios en un beso profundo.
La cara de Ana estaba tensa. Parecía tener muchas ganas de ser sodomizada, pero también parecía sentir temor a ser desgarrada.

Pedro le empujó la pija unos centímetros, abriéndole el esfínter. Ella gritó. Se la sacó y le escupió algo de saliva otra vez. Volvió a empujar y logró entrar un poco más.
Anita cerró los ojos y se abrazó a la espalda del Burro. Ya se había entregado…

“Pedro, por favor, no la coja por atrás” Le supliqué desde la ventana.
“No te preocupes, cornudo, le voy a dejar el culo bien entrenado para vos…”

Siguió mirándome fijamente y sonriendo, a medida que iba enterrándose más y más.
Ana estaba lagrimeando y gemía de dolor, pero estaba aguantando bastante bien.
Ahora me miraba a los ojos, como pidiéndome perdón por lo que estaba haciendo.

“Tranquila, nena, ya casi entró toda” La calmaba Pedro, mientras el Burro la mantenía aferrada y la estimulaba por adelante, serruchándola suavemente con su verga.

El grito de Pedro me sacó de la ensoñación en que estaba inmerso:
“Hey, cornudo, te gusta cómo le rompo el culo a tu esposa??
“Ahí se la estoy enterrando un poquitito más… ya está casi toda adentro…”

“Me duele mucho, despacio, por favor…” Suplicaba Ana.
“Silencio, putita, yo sé que por el culo te encanta… te voy a hacer gozar como nunca”.

Y seguía enterrándole carne de la dura. Mi delicada Anita lagrimeaba y se mordía los labios, apretando los puños. Pero se comía las dos vergas muy callada.
“Ahora vas a decirle a tu marido que te gusta mi verga en el culo…”
“No, por favor, no puedo… Me duele… cójame más despacio por favor….”
“Vamos, quiero oírte decirle al cornudo que te gusta mi verga…”

Anita tenía su rostro apoyado sobre el hombro del Burro, mirándome de frente.

“Me está abriendo la cola, mi amor… Ayy! Perdoname…. ¡Ahhh! Despacio, por favor”
“Perdoname pero me encanta que me rompan la cola así… No sé por qué lo hago…”

“Ya se tragó la mitad, ese culito…Y acá te va la otra mitad…” Decía Pedro.

“Más despacio!. Más despacio, por favor! Aullaba ahora Anita de dolor
“Me duele mucho, ya no me entra más” Gritaba Ana llorando y suplicando.
Pero el casero estaba entusiasmado. Avanzó otro centímetro y otro más…
“Te entra toda, putita, claro que te entra…” Dijo riendo el hijo de puta.

Ana seguía llorando, sufriendo el dolor de semejante rotura de culo; pero se la aguantaba. Y hasta me parecía que ya empezaba a gozar. Cada tanto abría los ojos y me miraba fijamente a los míos, pidiéndome perdón con la mirada…

Pedro ya se movía mucho más rápido, y comenzaba a darle pleno placer a mi mujer. La tenía agarrada de la cintura y le clavaba la verga sin misericordia, mirando hacia abajo morbosamente las penetraciones interminables.

Anita comenzó a jadear y mover la pelvis, pero me pareció que no lo hacía por placer, sino para coordinar la entrada y salida de esas dos vergas que la traspasaban.

De pronto su bello rostro se transfiguró de placer y comenzó a gritar y aullar como una loca, mientras acababa entre las dos pijas enterradas en su delicado cuerpo…

Creo que después de presenciar eso tuve otra especie de desvanecimiento y caí al suelo casi desmayado, mientras entre mareos escuchaba a los dos hijos de puta gritar desaforadamente mientras se vaciaban ambos dentro de mi esposa.

Habré despertado una hora después, con un dolor de cabeza que me moría. Me asomé a la casa y encontré la puerta de la habitación principal cerrada con llave.
Adentro se escuchaban risas. Golpeé y me abrió la puerta el casero, desnudo.
Detrás de él se veía al Burro untándose su verga erecta con algún aceite y Anita estaba recostada boca abajo sobre la cama, con una almohada debajo del estómago, como para que la cola quedase parada en el aire…. Bien a merced de esos turros.

“Qué van a hacerle a mi esposa?” Pregunté, sabiendo de antemano la respuesta…
“Le estamos preparando la colita a tu mujercita para que el Burro no la desgarre”
Respondió jocosamente Pedro.
“Vas a ver que esta putita se traga toda la verga del Burro por el culo sin chistar…”

Abrí la boca para protestar, pero Pedro me chistó y cerró la puerta, sin dejar de recordarme que siguiera trabajando afuera para llenar la pileta.

Me fui dejando a mi delicada esposa a punto de ser destrozada por una verga del tamaño de una botella. Y lo peor era que yo sabía que a ella le iba a gustar…

El dolor de cabeza no se me pasaba y al rato de estar bombeando comencé a oír los alaridos y lloriqueos suplicantes de Anita, al principio fueron de puro dolor, pero después se transformaron en placer.
Los tres hijos de puta estuvieron turnándose para cogerla hasta el anochecer. Los gemidos y gritos de Ana no paraban ni un solo segundo, señal de que cuando uno de ellos acababa o se cansaba, otro lo reemplazaba y seguía dándole duro a mi mujercita…

Ya era oscuro cuando el Indio salió de la casa trayendo a Anita desmayada en brazos. Dijo que tendríamos que dormir al aire libre, en las reposeras. Acomodé a mi esposa en una de ellas y muy despacio traté de revisarla. Me asusté bastante.

Tenía los labios vaginales enrojecidos y muy hinchados, dejando salir entre ellos semen fresco. La entrada anal también estaba en las mismas condiciones, pero además dejaba escapar una mezcla de líquido rojo, señal de que la habían desgarrado con tanta verga adentro de ese delicado culo.
La boca de Ana estaba entreabierta, con semen reseco entre sus labios, igual que entre sus cabellos. Los cachetes de la cola estaban enrojecidos a golpes y tenía mordiscos en los pechos y en los muslos, además de moretones en todas partes.
Realmente los brutos habían abusado de ella y la habían maltratado demasiado.

Ana sintió mis caricias y se despertó, sonriendo débilmente:
“Mi amor, vas a tener que perdonarme, no entiendo lo que me pasó, ni por qué lo hice, pero estuve gozando todo el día como una verdadera perra…”

Antes de desmayarse otra vez, alcanzó a decirme que por la mañana Pedro tenía pensado traer otros tres peones para reforzar el trabajo…

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