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Anita pierde una apuesta

Anita pierde una apuesta

Mi dulce mujercita había perdido una apuesta conmigo y ese sábado por la noche le dije que era el momento de pagar la prenda. Por una noche debía obedecer mis órdenes sin chistar…

Le ordené que se vistiera como una puta callejera; falda corta, una blusa negra semi transparente, zapatos de tacos agujas bien altos y naturalmente, nada de tanga…

Cuando la vi lista para la noche, tuve una tremenda erección. Pensaba llevarla a la calle en auto y entregarla para que la cogiera algún desconocido frente a mí; pero en ese momento sentí ganas de poseerla como nunca.
Le dije que gateara hacia mí en cuatro patas y eso hizo, ronroneando felinamente. Cuando llegó a mis pies, levantó su cabeza y se encontró con mi verga bien erecta fuera del pantalón. Le ordené que me la chupara y apenas treinta segundos después de tener sus labios alrededor de mi pija, sentía que iba a estallar.
La tomé por los cabellos y la hice montar sobre mi falda, dejando que ella misma se empalara a fondo con mi durísima verga.

Me cabalgó unos diez minutos y finalmente exploté en un orgasmo incontrolable, llenándole su hermosa concha con mi semen hirviente.
Ana no llegó a acabar y saber eso me excitó mucho más todavía, porque entonces sabía que su propia calentura iba a hacer que esa noche se entregara a cualquier extraño sin dudar.
Ya que otro iba a usar su dulce y estrecha conchita, al menos así estaría bien lubricada de antemano.

Salimos con el auto y nos dirigimos hacia las afueras, por la autopista.
Me detuve en una estación de servicio donde sabía que seguramente habría hombres solos. Y efectivamente así era.
En el estacionamiento había varios camiones de carga y entre ellos pude ver un grupo de tres hombres conversando en la oscuridad.
Conduje hasta ellos y les dije que mi mujer era una puta que se encontraba a total disposición de los tres. Para que pudieran usarla a su antojo…

La expresión en sus rostros me dio la pauta de que no me creían y pensaban que yo estaba bromeando; pero entonces todo cambió cuando obligué a mi dulce Ana a descender del auto….

Ana miró fijamente a los tres hombres; se acercó desafiante a ellos y luego giró dándoles la espalda. Se inclinó hacia adelante apoyando sus codos sobre el capot de nuestro auto y separó ligeramente sus piernas, para que los tres hombres verificaran que no llevaba una tanga cubriendo su depilado pubis y su redondo y firme culo…

Me imaginé que a esta altura, su concha ya debía estar bastante humedecida…

Mientras los tres hombres abrían sus braguetas, Ana me miraba fijamente a través del parabrisas, dedicándome por adelantado el placer que estaba por recibir.
Los hombres tardaron apenas segundos en ponerse de acuerdo para ver quién iba a estrenar ese regalo que les había caído del cielo sin siquiera pedirlo.

El más pequeño de ellos se ubicó entre los muslos abiertos de mi dulce esposa, la tomó con firmeza por las caderas y muy despacio la penetró en dos tiempos…

Anita abrió la boca y gimió suavemente, mientras mantenía sus ojos fijos en los míos; diciéndome con su mirada que el tipo la estaba cogiendo muy bien y que sentía un inmenso placer con esa verga empalada en su ahora bien dilatada concha.

El hombre la bombeó durante un buen rato, con un ritmo parejo y siempre aferrándola por sus redondeadas caderas. Finalmente pude ver que se arqueaba y se quedaba quieto detrás de Anita, mientras le llenaba la concha de leche. Ella no acabó…

El tipo se quedó unos instantes más enterrado en el cuerpo de Anita. Luego retiró su verga todavía erecta y le dio una palmada en las nalgas a mi mujercita. Ella no se movió de su posición, mirándome siempre con la misma intensidad.

Apenas el primer tipo se movió a un costado, el segundo se ubicó detrás de Ana y tomo su verga con una mano, mientras con la otra empujaba la espalda de mi esposa contra la fría chapa del auto. Evidentemente su verga era de mayor tamaño que la de su compañero, ya que apenas la penetró, Ana comenzó a debatirse e intentó levantarse, pero el pesado brazo del hombre la sostuvo abajo con todo su peso.
Ana ya no se debatió más, pero su expresión de dolor me decía que no estaba disfrutando de la cogida que le estaba dando este hombre.
El tipo ahora se movía con más ritmo, empujando a mi esposa hacia adelante en cada embestida contra sus nalgas.
Evidentemente ella terminó de lubricarse mejor y dilatarse completamente, porque enseguida en su cara se transformó la expresión de dolor en placer…

Esta vez Ana se retorció de manera lujuriosa, yendo con un movimiento de sus caderas al encuentro con esa gruesa verga que la estaba desfondando. Comenzó a gemir fuera de control, sus alaridos fueron in crescendo hasta que acabó en un orgasmo realmente intenso.
El hombre detrás de ella sonrió satisfecho y comenzó a bombearla con un ritmo más violento, hasta que él también se vació dentro de su hermoso cuerpo.

Todavía quedaba el tercer hombre, que no perdió tiempo en ubicarse detrás de la cola de Ana. Ella estaba apoyada sobre el capot, sin moverse, esperando volver a ser penetrada.

El tipo me miró a través del parabrisas y me preguntó si podía sodomizar a mi mujercita. Yo la miré a ella, que levantó la cabeza y sonrió, dándome a entender que su culo estaba dispuesto a aceptar una verga sin problema.
Asentí entonces y el último hombre metió sus dedos en la ahora bien usada vagina de Anita y con la mezcla de semen y jugos vaginales lubricó la entrada del estrecho ano de mi dulce esposa…

Luego le hizo separar un poco más los muslos y entonces muy despacio fue guiando la cabeza de su enorme pija entre las redondas nalgas de Ana, que aulló de dolor al sentir como esa gruesa cosa iba entrando en su canal rectal.

En ese momento Ana abrió sus ojos y me miró desesperada, gritando que le dolía y que semejante verga la iba a partir en pedazos, le suplicó al hombre que se la sacara, pero el tipo ni siquiera la escuchó; simplemente siguió empujando cada vez más adentro, aferrando a Anita por las caderas para inmovilizarla.

Intenté bajarme del auto para ayudar a Ana e impedir que el tipo la desgarrara, pero entonces sus dos compañeros me tomaron por los brazos y me obligaron a inclinarme junto a mi esposa.
Quedé allí un poco aturdido; mi cara a pocos centímetros de la boca de Ana, que la tenía abierta y no paraba de aullar y llorar de dolor.

Por suerte el hombre no duró demasiado y en menos de dos minutos de meter y sacar en el delicado culo de Ana, se derramó mientras rebuznaba de manera salvaje.
Le pegó un par de palmadas sobre la cola de mi mujercita, diciendo que hacía mucho tiempo no destrozaba un culo tan perfecto y estrecho…

Yo sentí que aflojaban la presión sobre mis brazos y cuando me incorporé, los tres hombres ya se alejaban riéndose y conversando entre ellos.

Me acerqué para ayudar a Ana a incorporarse. Tenía semen fresco deslizándose entre sus muslos y naturalmente, su orificio anal estaba enrojecido y muy dilatado.
Caminó muy despacio hasta la puerta del auto y apenas se sentó hizo un gesto de dolor, pero enseguida sonrió para decirme que la apuesta estaba pagada…

Un rato después, mientras regresábamos a casa en silencio, volvió a sonreír para preguntarme quién de los dos perdería la próxima apuesta…

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