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Una sorpresa en el subte

Una sorpresa en el subte

Esa tarde había tenido que dejar mi auto en el taller mecánico e ir a mi oficina en subte. El regreso fue mucho peor, porque sumado al cansancio del día, la hora pico en el subte porteño siempre ha sido algo insoportable.

Pero no tenía más remedio, porque era el transporte más rápido a casa y realmente tenía muchas ganas de llegar, quitarme los zapatos de taco alto, la ropa transpirada, mi tanga siempre humedecida y darme un buen baño caliente de inmersión.
Cada vez que viajaba apretujada en el subte, tenía que sufrir el embate y el manoseo de algunos tipos atrevidos y maleducados. Esa tarde seguramente no iba a ser nada diferente. Para peor, ese día las líneas andaban con cierto retraso y por lo tanto se había acumulado demasiada gente en el andén.

Por lo general yo trataba de alejarme de los hombres cuando subía; pero esta vez me fue imposible moverme demasiado. El calor además era insoportable; casi tanto como el apretujamiento. Para colmo mi recorrido era bastante extenso; debía bajarme después de recorrer nueve estaciones…

Quedé atrapada entre varios cuerpos. Ni siquiera hacía falta sujetarse de las barras del techo, ya que estábamos tan apretados, que casi no había lugar para desplazarse. Sujeté mi cartera con ambas manos y me quedé así inmovilizada entre la multitud…
Para colmo, ese día llevaba puesto una especie de camisola larga que me cubría la cola, pero mis piernas estaban cubiertas por unos leggins muy ajustados, que me quedaban muy bien, pero tenía la sensación de no llevar nada, porque el roce con cualquier cosa era como sentirlo directamente sobre la piel.

Después de la primera estación comencé a sentir que alguien me tocaba el trasero; pero pude a duras penas girar mi cabeza y comprobar que se trataba de la mochila de un chico que estaba a mis espaldas.
Me puse a investigar quiénes me rodeaban, porque sabía que en algún momento alguno de ellos iba a manosearme el culo seguramente…

A la derecha había un hombre muy mayor, de anteojos, sufriendo el calor mucho más que yo. A su lado estaba el chico de la mochila. Ambos se habían apartado, pero me habían echado miradas lascivas en el andén antes de subir.
A la izquierda estaba una mujer de mediana edad, muy elegante, que parecía estar tan preocupada como yo de que alguien intentara manosearla. Junto a ella viajaba otro hombre joven, quien no intentaría nada porque estaba acompañado por una bonita chica rubia.
Al frente estaba un hombre de mi edad, muy atractivo, que me había mirado y hasta sonreído varias veces. Estábamos bastante juntos y su olor a hombre me había excitado muchísimo… Si alguien iba a meterme mano, prefería que fuese él…

No tardó en llegar el momento. Fue una caricia suave en mi cola, casi tierna, que solo duró unos segundos. Seguramente era el chico de la mochila; pero por la posición, podría también haber sido el hombre atractivo.
Volvieron a tocarme, comprobando entonces que no había sido un roce casual; pero esta vez me sorprendí, dando un pequeño salto de impresión. Era un dedo que acariciaba mis labios vaginales desde atrás…

Ahora ya no me quedaban dudas, era el hombre atractivo. Me sentí un poco asqueada, pero al mismo tiempo comencé a excitarme, sintiendo que mi concha comenzaba a humedecerse por ese toque.
La caricia era suave, no había intención de aprovecharse, era una invitación a que yo supiera lo bien que ese dedo mágico conocía ese lugar. Lo miré a los ojos y él me devolvió una cómplice. Ahora me estaba gustando más. La mano se apartó.

El subte se detuvo y todavía subió más gente; quedando así más apretada contra el hombre. Esta vez no hice nada para apartarme de él…
El siguiente movimiento del dedo me dejó sin aliento. La mano entró directamente por encina de mis leggings y se deslizó por toda mi cola, intentando llegar a mi ahora humedecida concha. Me removí un poco intentando librarse, aquello era excesivo.
Pero no pude deslizarme ni un milímetro, estaba totalmente inmovilizada. El dedo que buscaba mis labios vaginales humedecidos por fin llegó a su objetivo, apartando ligeramente la delgada tira de mi diminuta tanga. Al momento sentí un éxtasis inusitado y pensé en ese hombre que me estaba masturbando.
Dejé de resistirme y disfruté de aquella mano experta. No intentaba introducirse por completo, sino que buscaba provocarme un orgasmo intenso como pocos.
Jugaba en la entrada de mi vagina, haciéndome desear que me cogiera, para luego profundizar un poco y otra vez salir y solamente rozar el clítoris.
Luego fue aumentando el ritmo, con una delicadeza y maestría en el conocimiento de mi propia concha, que ni siquiera yo mismo tenia.

Tuve que morderme los labios para reprimir los gemidos, mientras miraba con mis mejillas encendidas de calor al hombre atractivo. El tipo seguí mirándome a los ojos también, con una leve sonrisa apenas visible en sus labios.
Por suerte el orgasmo fue de los intensos, estilo largo y progresivo, que hacía que contener el grito fuera fácil, pero no así la tensión del cuerpo y la relajación posterior. Tuve que sujetarme fuertemente del pecho de ese hombre para no derrumbarme, cuando las piernas comenzaron a fallarme en la fase final de mi éxtasis.

Como si estuviera todo completamente sincronizado, la mano se retiró justo cuando terminé de sentir los últimos temblores del orgasmo, segundos antes de que el subte se detuviera en la penúltima parada de mi recorrido…

En esa estación descendió mucha gente y pude respirar un poco, relajarme y liberar la tensión del instante orgásmico. El hombre atractivo se separó de mi cuerpo con una última sonrisa y siguió al grupo que bajaba. También el señor mayor, el chico de la mochila y la chica rubia con su acompañante.

Solamente la mujer elegante volteó a mirarme mientras se alejaba. Levantó una mano, en la que asomaba un dedo brillante. Se lo llevó a la nariz para olerlo. Me sonrió y cruzó la puerta rumbo al andén…

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